El corazón me latía a 100 por hora. Nunca había estado tan nerviosa.
Había conseguido alejarme de la
policía y ahora restaba en un sitio seguro.
Respiré hondo para aminorar mi
corazón.
Era la primera vez que cometía algo
grabe.
Yo siempre había sido una niña buena que seguía las normas
y era feliz. Pero mi forma de ver la vida dio una vuelta de 180
grados cuando descubrí eso.
Había robado, había agredido y había
asustado a mucha gente...
“Pero ya queda menos” me dije. No
me paré a pensar en qué pensarían sobre mi mis amigos y mis
familiares. Ellos no comprenderían nunca. Pero... ¿Quién es capaz
de hacerlo?
Una vez mi corazón volvió a un ritmo
más o menos normal, continué mi marcha.
Las callejuelas de ese pequeño pueblo
me parecían fascinantes. Tan rústicas y tan estrechas. Los sitios
que menos han sido tocados por el ser humano, son los que más
belleza tienen.
Algunas mujeres mayores se paraban a
mirarme y a analizarme como si fuese una forastera. De hecho, lo era.
Pero ese tipo de miradas me sacaban de quicio. Es esa mirada de
juzgar sin conocer.
-Prejuicios- creo que se llama.
Volví a sacar el libro, mientras
caminaba, para confirmar el trayecto. Era un libro antiguo, lleno de
magia, tristeza y amor. Era mi gran tesoro, mi meta en la vida.
Y lo
había conseguido gracias a mi madre, que era bibliotecaria y tenía
acceso a muchas joyas abandonadas.
Al principio dudé de todas los mitos
que se narraban en el libro, pero algo en mi crecía conforme leía,
algo en mi nacía con una fuerza inimaginable. Si cabía la
posibilidad de que ese lugar existiese, yo tenía que ir.
Llegué a mi destino antes de lo que
predije. El pueblo terminaba dando paso a un bosque frondoso y a un
camino rocoso muy pequeño y rural. Me interné por él.
El verde del musgo y hojas y la
agradable sensación de aire puro, fresco y húmedo me limpiaba los
pulmones como si siempre hubiesen estado manchados.
“Por fin en casa” susurré con una
amplia sonrisa.
Seguí el camino rocoso contando mis
pasos tal y como decía el libro. Conté 369 pasos; ni uno más ni
uno menos. Y a continuación, giré a la derecha y me interné por
el follaje.
Cuando creía que me había equivocado
contando mis pasos, el camino acabó mostrando un muro que
imposibilitaba el paso.
Era un muro alto, de piedra, que
parecía que llevase ahí mucho más tiempo que cualquier pueblo o
civilización antigua.
Era mágico y muy revelador. Me gustó.
Pero no había llegado hasta ahí para admirar un muro de piedra, por
muy atiguo que fuese. El libro especificaba que había una parte de
ese muro por el cual se podía pasar. Se hizo así a drede -narraba
el libro- para que solo quienes supiesen el lugar exacto del muro
pudiese pasar al otro lado.
Yo debía encontrar un sol tallado en
la piedra y contar desde esa 27 piedras más. Todo era genial, muy
fácil y simple. Hasta que me percaté del estado de ese muro.
¿Cuándo se escribió ese libro? ¿Se
habría traducido muchas veces para que llegase a mi idioma? Porque
era imposible que tras tantos años, ese sol tallado en una roca del
muro hubiese permanecido intacto y perfecto para mi.
Empecé a tocar todas las piedras que
parecía que tuviesen alguna rugosidad y desde esa contaba 27 piedras
más. Estuve como 2 horas realizando la misma acción sin conseguir
triunfo alguno.
Finalmente, me tiré al suelo cansada y
hambrienta.
Las lágrimas amenazaban con salir de
mis ojos, pero el cansancio era tanto que no tenía ni fuerzas para
llorar.
Pensé en todo lo que me había
esforzado, todo lo que había cometido y toda la gente que había
dejado atrás... por este sueño. Todo, probablemente, en vano.
Siempre he sido una chica muy soñadora
y, aunque lo niegue en muchas ocasiones, creo en algo más allá de
la mera “suerte”. La vida es muy caprichosa.
Me levanté. Estaba segurísima al 100%
de que encontraría ese lugar.
Lo sabía. Lo intuía. Era así y así
iba a suceder.
Miré la piedra que tenía delante. Era
esa. Estaba segura. Tenía que serlo.
La toqué. No tenía nada en especial.
Si en un tiempo remoto alguien realizó un sol ahí, nadie lo diría.
Igualmente, nada podía quitarme la esperanza. Tenía que ser esa.
¿Por qué si no llegar hasta tan lejos?
Conté 27 piedras. Ni una más ni una
menos.
Y entonces, me alejé. Observé esa
parte del muro detenidamente.
No parecía que tuviese nada fuera de
lo común. No parecía.
Pero me volví a fijar otra vez.
Unas cuantas rocas tenían más musgo
de lo normal, como si el musgo del otro lado del muro quisiese
abrirse paso para llegar a donde estaba yo.
Me acerqué con el corazón palpitante.
Empujé un poco esas rocas y... cedieron. Las rocas cedieron ante mi.
Emocionada y con una sonrisa de oreja a oreja, empecé a sacar rocas
-que eran del tamaño de un ladrillo- hasta que ya no pude sacar más.
Me dejé caer en el suelo.
Lo había conseguido. Yo. Alicia. La
chica débil de ojos comunes. La chica triste que nunca conseguía
nada. Esa, justo esa.
Y ahora sí, aliviada, empecé a
llorar. Nada había sido en vano. Por ahora el libro no había
mentido en nada, por lo tanto habían muchas posibilidades de que
toda aquella mitología narrada, fuese real.
Me sequé las lágrimas de alegría y
emoción y pasé por el pequeño hueco que dejaban las rocas.
Estaba internándome de lleno en el
cambio que mi vida ansiaba. Ese sueño que había tenido desde
siempre. No podía creerlo.
Avancé a paso lento e indeciso. Serían
como las 6 de la tarde. En los bosques siempre oscurece antes así
que tenía que darme prisa. No sabía que clase de depredadores
podrían aparecer ni si encontraría un lugar seguro para pasar la
noche. Me estremecí por un momento, pero sacudí la cabeza
recordando el hallazgo que había conseguido yo sola por lo que nada
podía salir mal. Nada.
Tras unos minutos de intenso
senderismo, el bosque dejó paso a un amplio y hermoso lago. Nunca
había visto nada igual. También es cierto que no había viajado
mucho al rededor del mundo, pero cuando digo -nunca- quiero
decir, mágico.
Desprendía algo que me atraía hacia
él. Era hermoso y curaba heridas profundas que hasta aquel momento
no sabía que tenía.
Bebí de esa agua y su efecto fue tan
apaciguador como una droga. Relajante.
Desgraciadamente, el agua por muy
divina que estuviese, era incapaz de saciar mi hambre.
Por ello, di una vuelta sobre mi misma
para comprovar si había algo comestible. Y lo había, oh sí, sí lo
había. La boca me empezó a salivar cuando mis ojos detectaron un
manzano repleto de manzanas rojas, perfectas y brillantes.
Fui corriendo, arranqué una y me la
comí sin pensar.
Cuando ya me había comido unas
cuantas, caí en la cuenta.
Era el único manzano que había en
toda la héctarea que mis ojos eran capaces de observar. De hecho, ni
si quiera creía que fuese el lugar idóneo para que creciese un
manzano o si el clima era favorecedor. Por tanto, ¿Qué qué hacía
un manzano ahí? Ni idea...Pero tenía hambre. Necesitaba comer. Así
que comí hasta que mi barriga se llenó.
Todavía quedaban horas de luz y yo no
sabía que tenía que buscar o que tenía que hacer a continuación,
así que saqué nuevamente el libro y reeleí los párrafos.
El libro narrava que todas las
mitologías más famosas se habían dado en este precioso lugar.
Decía que era un lugar mágico, que ocultaba mucha historia sobre
nuestra esencia y que era el sitio perfecto para perderse por toda la
eternidad.
Que el lugar respondía ante ti. Que te
abría puertas que la realidad era incapaz de abrir. Que te daba
respuestas a preguntas abstractas e incompletas. Que te daba paz,
amor y sabiduría.
Que, en resumen, redondeaba la mente a
cualquier persona con mente cuadrada.
No ponía ninguna guía de “Que debes
hacer para encontrarte a ti misma una vez dentro del bosque”.
Ahora
sí que estaba sola. Tenía que hacer lo que creyese.
Miré hacia el horizonte, miré el
lago. Tras él, había suelo firme, árboles y cosas que descubrir.
Esa era mi nueva meta.
Me saqué la ropa, dejé la mochila con
todas mis pertencias y me metí en el agua.
Empecé a nadar y nadar con todas las
fuerzas que me quedaban. El sol descendía cada minuto y parecía que
nunca llegaría a la otra orilla.
Me asusté.
No eran alucinaciones mías,
cada vez la orilla estaba más lejos y el sol se escondía ya entre
las lejanas montañas.
Tenía miedo, frío y cansancio. Había
luchado mucho para llegar hasta allí, y ahora mi respiración era
entrecortada y mis pulsaciones estaban al borde de la taquicardia.
No podía más.
A duras penas recordé las últimas
líneas del libro.
“Encontrarse a uno mismo” “abrir paso a
nuevas puertas, puertas que la realidad no te puede abrir”
Algo estaba haciendo mal.
Yo tenía la
esperanza de llegar.
Esperaba llegar y mi ayuda era el miedo a morir
ahogada, como cualquier otro ser vivo.
Ese era el problema.
Estaba esperando
en lugar de aceptar mi situación. Esperaba que el lago fuese pequeño
y por eso lo veía pequeño y cada vez que se alargaba más el miedo
se apoderaba de mi ser.
Quizá nunca fue pequeño.
Quizá
siempre fue un lago grande pero mis ojos no querían aceptarlo.
Me relajé.
A veces nos pasamos la vida queriendo
que las cosas sean a nuestra manera y no nos paramos a disfrutar lo
que tenemos en nuestras narices.
Yo estaba en un lugar precioso, en
un agua calmada y reluciente con una orilla lejana.
Cambié mi forma de ver la situación.
Nadar con desesperación no me llevaría antes a mi destino.
Así que
me tumbé boca arriba en el agua y dejé que ésta me engullera hasta
el fondo de su ser.
Mi corazón se relajó y mis ojos por
fin pudieron descansar.
Notaba paz. Notaba alivio. Y también
notaba falta de oxígeno.
Poco a poco fui perdiendo la
consciencia... dejé que la naturaleza hiciese conmigo lo que
merecía.
Dejé para retomar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario