sábado, 17 de agosto de 2013

Capítulo I, Dejar para retomar

El corazón me latía a 100 por hora. Nunca había estado tan nerviosa.
Había conseguido alejarme de la policía y ahora restaba en un sitio seguro.
Respiré hondo para aminorar mi corazón.
Era la primera vez que cometía algo grabe. 
Yo siempre había sido una niña buena que seguía las normas y era feliz. Pero mi forma de ver la vida dio una vuelta de 180 grados cuando descubrí eso.
Había robado, había agredido y había asustado a mucha gente...
“Pero ya queda menos” me dije. No me paré a pensar en qué pensarían sobre mi mis amigos y mis familiares. Ellos no comprenderían nunca. Pero... ¿Quién es capaz de hacerlo?
Una vez mi corazón volvió a un ritmo más o menos normal, continué mi marcha.
Las callejuelas de ese pequeño pueblo me parecían fascinantes. Tan rústicas y tan estrechas. Los sitios que menos han sido tocados por el ser humano, son los que más belleza tienen.
Algunas mujeres mayores se paraban a mirarme y a analizarme como si fuese una forastera. De hecho, lo era. Pero ese tipo de miradas me sacaban de quicio. Es esa mirada de juzgar sin conocer.
-Prejuicios-  creo que se llama.
Volví a sacar el libro, mientras caminaba, para confirmar el trayecto. Era un libro antiguo, lleno de magia, tristeza y amor. Era mi gran tesoro, mi meta en la vida. 
Y lo había conseguido gracias a mi madre, que era bibliotecaria y tenía acceso a muchas joyas abandonadas.
Al principio dudé de todas los mitos que se narraban en el libro, pero algo en mi crecía conforme leía, algo en mi nacía con una fuerza inimaginable. Si cabía la posibilidad de que ese lugar existiese, yo tenía que ir.
Llegué a mi destino antes de lo que predije. El pueblo terminaba dando paso a un bosque frondoso y a un camino rocoso muy pequeño y rural. Me interné por él.
El verde del musgo y hojas y la agradable sensación de aire puro, fresco y húmedo me limpiaba los pulmones como si siempre hubiesen estado manchados.
“Por fin en casa” susurré con una amplia sonrisa.
Seguí el camino rocoso contando mis pasos tal y como decía el libro. Conté 369 pasos; ni uno más ni uno menos. Y a continuación, giré a la derecha y me interné por el follaje.
Cuando creía que me había equivocado contando mis pasos, el camino acabó mostrando un muro que imposibilitaba el paso.
Era un muro alto, de piedra, que parecía que llevase ahí mucho más tiempo que cualquier pueblo o civilización antigua.
Era mágico y muy revelador. Me gustó. Pero no había llegado hasta ahí para admirar un muro de piedra, por muy atiguo que fuese. El libro especificaba que había una parte de ese muro por el cual se podía pasar. Se hizo así a drede -narraba el libro- para que solo quienes supiesen el lugar exacto del muro pudiese pasar al otro lado.
Yo debía encontrar un sol tallado en la piedra y contar desde esa 27 piedras más. Todo era genial, muy fácil y simple. Hasta que me percaté del estado de ese muro.
¿Cuándo se escribió ese libro? ¿Se habría traducido muchas veces para que llegase a mi idioma? Porque era imposible que tras tantos años, ese sol tallado en una roca del muro hubiese permanecido intacto y perfecto para mi.
Empecé a tocar todas las piedras que parecía que tuviesen alguna rugosidad y desde esa contaba 27 piedras más. Estuve como 2 horas realizando la misma acción sin conseguir triunfo alguno.
Finalmente, me tiré al suelo cansada y hambrienta.
Las lágrimas amenazaban con salir de mis ojos, pero el cansancio era tanto que no tenía ni fuerzas para llorar.
Pensé en todo lo que me había esforzado, todo lo que había cometido y toda la gente que había dejado atrás... por este sueño. Todo, probablemente, en vano.
Siempre he sido una chica muy soñadora y, aunque lo niegue en muchas ocasiones, creo en algo más allá de la mera “suerte”. La vida es muy caprichosa.
Me levanté. Estaba segurísima al 100% de que encontraría ese lugar.
Lo sabía. Lo intuía. Era así y así iba a suceder.
Miré la piedra que tenía delante. Era esa. Estaba segura. Tenía que serlo.
La toqué. No tenía nada en especial. Si en un tiempo remoto alguien realizó un sol ahí, nadie lo diría. Igualmente, nada podía quitarme la esperanza. Tenía que ser esa. ¿Por qué si no llegar hasta tan lejos?
Conté 27 piedras. Ni una más ni una menos.
Y entonces, me alejé. Observé esa parte del muro detenidamente. 
No parecía que tuviese nada fuera de lo común. No parecía.
Pero me volví a fijar otra vez.
Unas cuantas rocas tenían más musgo de lo normal, como si el musgo del otro lado del muro quisiese abrirse paso para llegar a donde estaba yo.
Me acerqué con el corazón palpitante. Empujé un poco esas rocas y... cedieron. Las rocas cedieron ante mi. Emocionada y con una sonrisa de oreja a oreja, empecé a sacar rocas -que eran del tamaño de un ladrillo- hasta que ya no pude sacar más.
Me dejé caer en el suelo.
Lo había conseguido. Yo. Alicia. La chica débil de ojos comunes. La chica triste que nunca conseguía nada. Esa, justo esa.
Y ahora sí, aliviada, empecé a llorar. Nada había sido en vano. Por ahora el libro no había mentido en nada, por lo tanto habían muchas posibilidades de que toda aquella mitología narrada, fuese real.
Me sequé las lágrimas de alegría y emoción y pasé por el pequeño hueco que dejaban las rocas.
Estaba internándome de lleno en el cambio que mi vida ansiaba. Ese sueño que había tenido desde siempre. No podía creerlo.
Avancé a paso lento e indeciso. Serían como las 6 de la tarde. En los bosques siempre oscurece antes así que tenía que darme prisa. No sabía que clase de depredadores podrían aparecer ni si encontraría un lugar seguro para pasar la noche. Me estremecí por un momento, pero sacudí la cabeza recordando el hallazgo que había conseguido yo sola por lo que nada podía salir mal. Nada.
Tras unos minutos de intenso senderismo, el bosque dejó paso a un amplio y hermoso lago. Nunca había visto nada igual. También es cierto que no había viajado mucho al rededor del mundo, pero cuando digo -nunca- quiero decir, mágico.
Desprendía algo que me atraía hacia él. Era hermoso y curaba heridas profundas que hasta aquel momento no sabía que tenía.
Bebí de esa agua y su efecto fue tan apaciguador como una droga. Relajante.
Desgraciadamente, el agua por muy divina que estuviese, era incapaz de saciar mi hambre.
Por ello, di una vuelta sobre mi misma para comprovar si había algo comestible. Y lo había, oh sí, sí lo había. La boca me empezó a salivar cuando mis ojos detectaron un manzano repleto de manzanas rojas, perfectas y brillantes.
Fui corriendo, arranqué una y me la comí sin pensar.
Cuando ya me había comido unas cuantas, caí en la cuenta.
Era el único manzano que había en toda la héctarea que mis ojos eran capaces de observar. De hecho, ni si quiera creía que fuese el lugar idóneo para que creciese un manzano o si el clima era favorecedor. Por tanto, ¿Qué qué hacía un manzano ahí? Ni idea...Pero tenía hambre. Necesitaba comer. Así que comí hasta que mi barriga se llenó.
Todavía quedaban horas de luz y yo no sabía que tenía que buscar o que tenía que hacer a continuación, así que saqué nuevamente el libro y reeleí los párrafos.
El libro narrava que todas las mitologías más famosas se habían dado en este precioso lugar. Decía que era un lugar mágico, que ocultaba mucha historia sobre nuestra esencia y que era el sitio perfecto para perderse por toda la eternidad.
Que el lugar respondía ante ti. Que te abría puertas que la realidad era incapaz de abrir. Que te daba respuestas a preguntas abstractas e incompletas. Que te daba paz, amor y sabiduría.
Que, en resumen, redondeaba la mente a cualquier persona con mente cuadrada.
No ponía ninguna guía de “Que debes hacer para encontrarte a ti misma una vez dentro del bosque”. 
Ahora sí que estaba sola. Tenía que hacer lo que creyese.
Miré hacia el horizonte, miré el lago. Tras él, había suelo firme, árboles y cosas que descubrir. Esa era mi nueva meta.
Me saqué la ropa, dejé la mochila con todas mis pertencias y me metí en el agua.
Empecé a nadar y nadar con todas las fuerzas que me quedaban. El sol descendía cada minuto y parecía que nunca llegaría a la otra orilla.
Me asusté. 
No eran alucinaciones mías, cada vez la orilla estaba más lejos y el sol se escondía ya entre las lejanas montañas.
Tenía miedo, frío y cansancio. Había luchado mucho para llegar hasta allí, y ahora mi respiración era entrecortada y mis pulsaciones estaban al borde de la taquicardia.
No podía más.
A duras penas recordé las últimas líneas del libro. 
“Encontrarse a uno mismo” “abrir paso a nuevas puertas, puertas que la realidad no te puede abrir”
Algo estaba haciendo mal. 
Yo tenía la esperanza de llegar. 
Esperaba llegar y mi ayuda era el miedo a morir ahogada, como cualquier otro ser vivo.
Ese era el problema. 
Estaba esperando en lugar de aceptar mi situación. Esperaba que el lago fuese pequeño y por eso lo veía pequeño y cada vez que se alargaba más el miedo se apoderaba de mi ser.
Quizá nunca fue pequeño. 
Quizá siempre fue un lago grande pero mis ojos no querían aceptarlo.
Me relajé.
A veces nos pasamos la vida queriendo que las cosas sean a nuestra manera y no nos paramos a disfrutar lo que tenemos en nuestras narices. 
Yo estaba en un lugar precioso, en un agua calmada y reluciente con una orilla lejana.
Cambié mi forma de ver la situación. 
Nadar con desesperación no me llevaría antes a mi destino.
 Así que me tumbé boca arriba en el agua y dejé que ésta me engullera hasta el fondo de su ser.
Mi corazón se relajó y mis ojos por fin pudieron descansar.
Notaba paz. Notaba alivio. Y también notaba falta de oxígeno.

Poco a poco fui perdiendo la consciencia... dejé que la naturaleza hiciese conmigo lo que merecía. 
Dejé para retomar.

domingo, 28 de julio de 2013

Un escudo de pintura

La niña suspiró.
Se miró al espejo y contempló sus facciones, todavía tristes. Es curioso ver como las lágrimas dejan una huella muy difícil de ocultar mientras que la sonrisa es casi inapreciable.
Se puso a la faena tras limpiar la última lágrima.
Como todos los días, la niña se aplicaba una gruesa capa de maquillaje. Ocultaba sus pecas, sus prematuras espinillas y su pálida tez. No quería que nadie descubriese su piel joven e imperfecta.
Continuó con los ojos que, una vez contorneados, coloreó dulcemente de un color natural y vivaz.
Odiaba sus ojos. No podía ni verlos (irónico). ¿Curioso? No eran afinados ni perfectos. No eran azules como los de la barbie o verdes como los de las modelos. Sus ojos, aquella ventana hacia sus sentimientos, debían ser ocultados. Nadie tenía por qué saber que se odiaba. Nadie tenía por qué ver más allá de lo que ella quería que viesen los demás.
Se relajó. Le dolían los pies de estar tanto tiempo de puntillas ante el alto espejo.
Por último, coloreó su pequeña cara. Su cara pálida ausente de color, ahora se veía lúcida con esos pómulos sonrojados y esos labios carnosos que no llegaban a ser rojos. Aliviada y avivada, terminó.
Volvió a suspirar y esta vez se separó un poco del espejo para contemplar su obra maestra.
Ya no había ni rastro de esa niña fea. De esa niña real. De esa niña, al fin y al cabo.
Era su máscara. Era su legado, su avatar, su muralla, su escudo.
Eso era ella.
Tan joven.
Tan triste.




miércoles, 1 de mayo de 2013

Calma y desesperación


El sol brilla con más fuerza después de tantos días de oscuridad. Lo hace con más intensidad para compensar los días tristes.
En otra época, yo habría reído ante la agradable luz solar. Habría salido a festejar su regreso montando en bici o dando un paseo. En otra época...
Sin embargo, eso queda muy atrás de lo que soy ahora mismo. Soy un mar de sensaciones turbulentas dentro de un delicado cuerpo sereno.
Aprendí a sonreír, a fingir, dejando toda esa mierda acumulada en un rincón de mi interior.
Ya no recuerdo quién era, no recuerdo que solía sentir ni que solía soñar. No recuerdo qué amaba y qué deseaba. Como con muchas cosas, olvidé.
Ahora mismo sé lo que cualquier desconocido puede ver en las fotos: Sé de esa sonrisa fingida, sé de ese peinado y de esa vestimenta; Sé de ese lugar que visité con unos amigos, sé de ese curso que finalizó y sé de esa comida familiar en un restaurante acogedor.
Pero no conozco a esa persona, no sé quién es... y estoy muy lejos de comprender sus sentimientos.
Los días pasan... como pasan los coches por la carretera; cuando creo que ya puedo leer su matrícula, mis ojos ya no pueden distinguir los números. “Demasiado lenta y ellos demasiado deprisa”.
Caí en un río que me lleva por pura inercia hacia un lugar desconocido. Ya no tengo la capacidad de elegir qué es lo que me hace más feliz. No sé qué es lo que me hace más feliz. Me guía la gente, la responsabilidad y probablemente el tiempo.
¿Realmente estoy viviendo? ¿Realmente existo? Solo el dolor me confirma que soy algo en este paradójico universo.
Soy dolor, soy nostalgia, soy incertidumbre, soledad y tristeza.
Soy esa nube que tapa el sol cuando más lo necesitas. Soy aquella pregunta que no tiene respuesta.
Y el problema ya no es que era en aquella época, qué olvidé o incluso que soy en estos momentos. El problema es el futuro, si es que todavía tengo poder sobre él.

-Sálvame si puedes-

sábado, 23 de febrero de 2013

Conclusión anticipada


Conclusión, el problema lo tengo yo.
 Sí, sé que lo lógico habría sido empezar introduciendo el tema, formulando una hipótesis, los argumentos en contra y a favor, y, finalmente, la conclusión.
Pero las normas solo sirven para seguir un orden… y no quiero ir en contra de algo natural para el universo, si la vida es desordenada y mis sentimientos también, mis textos serán fieles a lo que yo soy.
Esta conclusión es algo que he estado evitando durante muchos años. No es fácil dejar el papel de inocente cuando eres una adolescente hormonada y, desgraciadamente, desconfiada y alarmantemente loca.
Pero sí, la culpa es mía… todo lo que sucede diariamente en mi vida (los problemas, las victorias, la rutina…) es gracias a mi.
Yo quería pensar que la vida a veces no me sonreía, que tenía mala suerte, que no era suficiente en muchos aspectos sociales, que lo intentaba pero no surgía efecto.
Es tarde cuando me doy cuenta de que el cambio está lejos de mi alcance, que la vida no sonríe, le sonríes tú a ella; que la suerte no existe más que en los actos aleatorios y como método de excusa para los vagos e ignorantes; que siempre he sido suficiente; que no lo intentaba, simplemente dejaba que las cosas surgieran por obra del dios divino.
La gente lucha, sonríe cuando no tiene ganas, se esfuerza, no se rinde, y se equivoca.
Porque todo el mundo se equivoca, todo el mundo tiene fallos: la naturaleza no está hecha para ser perfecta.
Y yo me sentaba en una silla y miraba lo que no era. Miraba lo que no hacía y lo que hacía estaba lejos de ser algo.
Me ponía barreras, excusas, para justificar mi impotencia. “No tengo la culpa…”, decía.
Y es que es es fácil sentarse a mirar y rendirse a la primera de cambio. Es fácil aceptar la derrota sin intentar con todas tus fuerzas alcanzar la victoria. Es fácil envidiar, soñar y llorar. Es fácil…
¿Qué más decir? No hay solución más clara para el que sabe el problema.
Así que esto acaba como debería haber empezado años atrás:
Mi nombre es Alicia y ya no existen excusas.


Texto e imagen by: Alyinthewonderland. (Da créditos)

domingo, 2 de diciembre de 2012

El arte de la fotografía


Había olvidado para que sirve fotografiar.
He fotografiado prácticamente la mitad de mi vida y es ahora cuando entiendo su significado.
No solo fotografías una cara, un paisaje o un objeto, no. Fotografías un contexto, una sociedad, una cultura, un sentimiento, un espacio, un tiempo…
Y quizá no nos damos cuenta, pero somos muy valientes de lo ignorantes que somos al decidir hacerlo.
Tarde o temprano, llega el día en el que encuentras una vieja foto, una foto que hiciste sin la menor idea de lo que produciría en ti en un futuro.
La miras… y lloras, ríes o incluso, te enfadas.
Sabes qué hay detrás de esa foto… recuerdas quién eras, donde estabas, tus preocupaciones, tus sentimientos. Recuerdas quién estaba en aquel entonces y quién en la actualidad ya no vive. Recuerdas un amor, el primer amor.
Recuerdas lo que ya no eres. Recuerdas lo que querías ser.
Y también recuerdas el tiempo, que en cada foto deja su huella.
Yo, empujada por el ansia de capturar al menos la mitad de la belleza que captaban mis ojos, me sumergí en la fotografía. No miento cuando digo que he llegado a hacer un millón de fotos, porque las he hecho.
Y las miro… después de un año, dos o tres. Fotos que, en aquel entonces, solo pretendían crear belleza ahora me hacen daño.
Me duele mi sonrisa en la foto, falsa y superficial. Me duele porque sé quién era, que quería, donde estaba, cuándo estaba… y ahora todo eso no existe más que en una foto, que se burla de mi con una sonrisa.
Me sumergí en un mundo de valientes sin ninguna armadura, tan ignorante.
Los recuerdos me persiguen… y es obvio que lo harán igualmente con o sin fotos.
A pesar de ello, es ahora cuando me arrepiento de haber perdido unos maravillosos momentos posando o intentando capturar una belleza (incapturable) en lugar de haber aprovechado cada uno de los instantes que nos regala la vida… con una sonrisa única, natural, que ninguna cámara nunca será capaz de capturar.
Porque finalmente te das cuenta de que la vida no está hecha para fotografiarla, sino para disfrutarla.


viernes, 14 de septiembre de 2012

Don't give up

Continúa, vive, lucha, desea. Que nada te detenga.
Y si te quieren robar la felicidad, que te la roben: ellos no saben como se consigue. 

Eres libre y tienes un camino muy largo. Puedes elegir. 
Y los que se atormentan por el pasado, es que no están viviendo el presente. 
Los que se niegan a caminar, es que no quieren buscar su felicidad.
Tú no te pares... sigue caminando. 

Crea tu camino dejando las pisadas bien marcadas para que todo el mundo las vea: En la felicidad no viene incluida la vergüenza.
Se fiel a ti misma. Se fiel a tus decisiones... que indecisas ya hay muchas.
Y por último... no te rindas. 

Nadie dijo que fuera fácil pero tampoco que fuera imposible.



jueves, 30 de agosto de 2012

El cuaderno de alguien

Como un cuaderno en blanco, yo fui apuntando.
Primero, apunté las cosas más simples:
Como sonreír, como bostezar...
He de decir que no fue tan simple como parece. Escribir algo en un cuaderno vacío lo puede hacer cualquier niño pequeño pero, escribir sobre algo que nunca habías hecho... es otro nivel.
Observas a la gente de tu alrededor y, una vez consigues un patrón, intentas definir el término "sonrisa" o "bostezo" ya que no puedes anotar algo sobre ellos sin saber su significado.
Por ello, aunque "sonreír" y "bostezar" son cosas simples, el hecho de apuntarlos conlleva un gran esfuerzo.
Igualmente, lo tuve que hacer. Reprimí la naturalidad que aquellos verbos llevaban escritas en su esencia y la escribí en mi cuaderno de una forma única. No habrían más sonrisas como la mía. No habrían más bostezos como el mío.
Continué caminando y llenando las lineas de mi cuaderno. En ese momento no sabía que esas líneas algún día serían leídas inconscientemente en mi, convirtiendo aquello que un día fue una anotación, en un acto.
Por fin llegó mi primer reto: El amor.
Debía entender, ante todo, que significaba ese abstracto sustantivo y apuntar en mi cuaderno lo que sería para mi.
Quería que fuera único pero, ante todo, quería que fuera un amor fiel. Quería que fuera un amor sencillo que naciera de lo más hondo de mi ser y que fuera capaz de producir sonrisas y lágrimas.
Lo escribí. Escribí "amor" en mi cuaderno y lo obtuve tal y como yo quise.
Mi error en ese corto camino recorrido fue el no darme cuenta de que hay cosas que se escriben solas. Quería controlarlo todo... quería escribir las cosas a mi manera para que éstas fueran únicas y no tener dudas de lo desconocido.
Y por ello, escribí también "odio". Escribí odio como aquel sentimiento que contrarrestaba el amor. Quería que fuera un odio sencillo que naciera de lo más hondo de mi ser y que fuera capaz de producir rabia y dolor.
Lo obtuve, tal y como quise.
Quizás creáis que fui tonta, que escribí mi propia derrota. Que deseé mi propio sufrimiento. De hecho, no fue así.
Me equivoqué, es cierto. Dediqué mi tiempo a escribir en ese cuaderno todo aquello que un día me definiría. Me preocupaba no contentarme a mi misma. Me preocupaba no confiar en mi.

Ahora soy todo aquello que un día escribí.
Soy una sonrisa tímida en momentos delicados.
Soy un bostezo oculto en una muchedumbre.
Soy un amor fiel con un corazón de pinchos.
Soy el odio y la desconfianza por miedo a lo desconocido.
Pero soy Alicia, y, al fin y al cabo, soy alguien.