El sol respondió a mi llamada.
Hacía rato que gritaba su nombre dando la vida en cada una
de las palabras pronunciadas. Por ello, cuando llegó, no pude evitar sentir un
gran alivio.
El sol [grande, severo y reluciente], me miró con timidez.
Primero, iluminó mis pálidos ojos color ámbar; Luego,
lentamente, el tímido rayo de luz descendió hasta desvelar todos los secretos
que mi rostro ocultaba.
Me sentía desnuda ante la inminente mirada de mi viejo amigo
el sol, aunque, de hecho, sabía que ninguna prenda podía detener su poder.
Nos miramos el uno al otro fijamente. Su belleza les hacía
daño a mis pupilas, pero no me importaba ya que llevaba horas esperando su
regreso.
El sol continuó su camino, como si observara detenidamente
cada centímetro de mi ser. Yo le abrí paso. Le dejé leer mi alma. Le dejé leer
mi corazón. Y él, aunque al principio indeciso, respondió con un ardiente
abrazo que fue capaz de descongelarme y devolverme la vida, una vez más.
Aparté la mirada solo cuando las lágrimas empezaron a rodar
por mis mejillas.
Por fin, mis pulmones se llenaron de oxígeno; Por fin, sentí
como el viento mecía dulcemente mis cabellos; Por fin, saboreé el significado
de la libertad y sus diversas consecuencias.
Por fin, volvía a ser yo. Y volvía a serlo como nunca antes
lo había sido, demostrando que las contradicciones existían, que existíamos tú
y yo…

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